Santoral: San Jonás, santo del AT y Profeta  Abdías

San Jonás, santo del AT

Conmemoración de san Jonás, profeta, hijo de Amitay (2Re 14,25), cuyo nombre lleva un libro del Antiguo Testamento, y cuya conocida expulsión del vientre del cetáceo es presentada en el propio Evangelio como signo de la Resurrección del Señor (Mt 12,40).

El profeta Jonás es históricamente una figura problemática, y al estar incluido en el santoral no es posible dejar de lado las cuestiones que plantea. La primera de todas es la de su propia existencia histórica. En la actualidad el libro es reconocido unánimemente por la exégesis como una ficción literaria que tiene a un profeta como protagonista (como podría haber tenido un sacerdote, un maestro de la ley, etc), y no como verdaderamente un libro profético. Otros libros de profetas, como el de Isaías o el de Jeremías, por ejemplo, narran la carrera y el mensaje profético de ciertos personajes que realmente existieron (aunque, al uso antiguo, la mayoría de los libros «de» los profetas no fueron escritos por ellos sino por discípulos y sus escuelas, a lo mejor a lo largo de siglos), pero en el caso de Jonás se trata de una parábola: la parábola de un profeta díscolo y contestón, testarudo y con poca penetración en los misterios divinos… ¡todo un personaje!

Tratándose de una parábola, su protagonista no necesariamente tiene que haber existido. No pretendemos que existieron en la historia un hijo pródigo y un administrador infel, así como no pretendemos que existieran en la historia los personajes de los cuentos de ficción… más bien el hecho de que esas historias no hablen de ningún personaje que haya existido implica la gran ventaja de que sus rasgos son adaptables a cualquier persona que realmente exista… ¡sobre todo a nosotros mismos! Con facilidad nos identificamos con el hijo pródigo, o con el hijo mayor, con el administrador infiel, o con el obrero de la undécima hora, o con el de la primera; precisamente porque nunca existieron, existen siempre: siempre que alguien toma sus rasgos, cosa que ocurre a cada segundo infinidad de veces.

La «lección» de Jonás tenía que ver precisamente con eso: en una época en que Israel se iba encerrando más y más en su nacionalismo costumbrista y a la vez se lamentaba melancólicamente en que ya no había profetas como antaño, el librito muestra que lo fundamental no es la figura del profeta, sino el hecho de que se tenga abierta la mirada para aprender a leer los signos de Dios en la realidad: que a veces Dios llama a quien no queremos que llame, que a veces salva a quien nunca esperaríamos que salve, y que hay que aprender de una vez por todas la verdadera lección de los profetas antiguos: Israel tiene una misión, pero Dios es Dios de todos y para todos, también de Nínive.

Pero sucedió algo inesperado: la gente bíblica (escritores, redactores, compiladores, editores, etc), todo ese mundo humano -no organizado pero muy coherente- que es entorno cultural de la Biblia, tiene un especial amor simbólico por el número 12. ¿Por qué? vaya a saber, los símbolos no siempre tiene «razones», pero es claro que el 12 representa todo un «ritmo interno» en el curso de la historia bíblica. Pues bien: al compilar los profetas, quedaba un grupo de once… faltaba uno, y alguien incluyó el libro de Jonás entre los profetas que nosotros llamamos «menores», y formó ese grupo que los judíos llaman «Los Doce», cuando en realidad el lugar propio de Jonás hubiera estado con Tobías, Judith, Ester, Rut, es decir, la «literatura edificante» con base en la parábola. Así comienza la confusión entre ficción y realidad. Que luego aumentó cuando la apologética cristiana comenzó a defender a ultranza cierto modo prosaico de entender los milagros biblicos, para oponerse al excesivo «simbolismo ocultista» de las corrientes de tipo gnósticas.

San Agustín llega a decir que, aunque el milagro de Jonás en el vientre de la ballena provoca risa a los paganos, nosotros no podemos cuestionar su realidad, porque quien cuestiona una cosa cuestiona todo. Argumento por demás dudoso (las cosas son verdaderas o falsas por sí mismas, no en un pack-oferta de verdades «a bulto»), pero que, al venir con la autoridad de nada menos que san Agustín, caló tan hondo, que se seguía repitiendo como si fuera del todo lógico hasta hace relativamente pocos años. Y a esto se vino a sumar que como Jesús comparó su Pascua con el «signo de Jonás», pareció que negar la realidad histórica de ese hecho, necesariamente iba a implicar negar la realidad histórica de la Pascua de Jesús, algo completamente distinto.

Pero es muy importante recuperar hoy la figura ficcional y simbólica del profeta Jonás: porque en su realidad literaria vale para cada uno de nosotros, mientras que si hablara de un profeta del pasado, sus hechos se referirían sólo a él. Cuántos católicos lloran hoy que se van perdiendo en el mundo moderno los signos de un catolicismo que nos teníamos bien aprendido. Para todos nosotros sigue hablando la parábola del profeta tontorrón y cabezadura: Dios va a salvar por donde menos te lo esperas, y llama a quien menos te esperas.

Pero claro, el Martirologio Romano no es un tratado de exégesis, y recibió heredada de una tradición multisecular la celebración de todos los profetas bíblicos, incluyendo a «San Jonás». Se podría retirar del martirologio, como se ha hecho con muchos santos cuya historia real era muy dudosa; sin embargo, el revisor ha preferido en este caso buscarle la vuelta para no romper esa preciosa armonía (que también es belleza y también es de Dios, aunque no cumpla con los criterios de la crítica histórica) de tener en el ciclo santoral anual a todo el ciclo de profetas bíblicos. Así que aprovechando que en la ficción el autor de Jonás identifica a su personaje con un profeta antiguo, que realmente había existido en época de Jeroboam de Joás y que es ocasionalmente mencionado en 2Reyes 14, el Santoral celebra hoy la memoria de un personaje real, a la vez que alude a la más conocida de las aventuras ficticias de Jonás (su estancia en el vientre de la ballena), sin pronunciarse sobre la realidad histórica de ese hecho, incontestablemente parabólico, tal como lo leemos hoy. Se recupera en el elogio del Martirologio Romano la relación tipológica entre el signo de la estancia en la ballena sin necesidad de que ese uso simbólico implique que haya tenido que ocurrir el hecho de tal estancia en la ballena.

En todo caso, el delicadamente redactado elogio de Jonás en el Martirologio es toda una invitación a darnos un paseo por uno de los libritos más preciosos dentro de esa «literatura marginal» surgida en los últimos tiempos del Antiguo Testamento, a la sombra de la gran tradición poética, historiográfica y profética. El punto de vista ficcional sobre esta obra (y por tanto sobre u personaje central) está hoy fuera de discusión exegética. En cambio la revalorización de su contenido y estilo están aun por hacerse, y muchos exégetas hay que no le otorgan el puesto de verdadera creación literaria que merece un libro pequeño pero cuidadosamente construido y escrito, atractivo y convocante. Su «mensaje», en todo caso, la voluntad salvífica universal, es perenne, y más valioso aun, si cabe, para los cristianos.

Los Profetas Abdías

Son muy escasas las noticias sobre Abdías, cuyo nombre hebreo Obadyah significa siervo de Yahvé. San Jerónimo lo identifica con aquel Abdías, mayordomo de Acab, que alimentó a los cien Profetas que habían huido del furor de Jezabel ( I Rey. 18, 21).

Los escrituristas modernos, en su mayoría, no se adhieren a esta opinión. Sea lo que fuere, el tiempo en que actuó el autor de esta pequeña pero muy impresionante profecía, debe ser anterior a los Profetas, Joel, Amós y Jeremías, los cuales ya la conocían y la citaban. Lo más probable parece que haya profetizado en Judá, alrededor de 885 a. C., cuando Elías profetizaba en Israel, (véase v. 12).

Su único capítulo contiene dos visiones. La primera se refiere a los idumeos (edomitas), un pueblo típicamente irreligioso y enemigo hereditario de los judíos y que se unía siempre a sus perseguidores. “Pero el día del Señor se aproxima; Dios se vengará a Sí mismo y vengará a Israel, contra los idumeos y contra todas las naciones gentiles. Los israelitas, al contrario, serán bendecidos; se apoderarán del territorio de sus opresores, y luego Jehová reinará glorioso y para siempre en Sión”. (Fillion). A esta restauración de Israel se refiere la segunda parte de la profecía.

 

Jonás

No hay motivo para dudar que Jonás  sea el mismo profeta, hijo de Amati o Amittai (cfr. 1, 1), que en tiempo de Jeroboam II (783-743 a. C.) predijo una victoria sobre los asirios (II Rey. 14, 25). La tradición judía cree que fue también el que ungió al rey Jehú por encargo del profeta Eliseo (II Rey. 9, 1 ss.).

Los cuatro capitulos del libro no son profecía propiamente dicha, sino más bien relato –probablemente escrito por el mismo Jonás, aunque habla en tercera persona- de un viaje del profeta a Nínive y de las dramáticas aventuras que le ocurrieron con motivo de su misión  en aquella capital. Sin embargo, todos en conjunto, revisten carácter profético, como lo atestigua el mismo Jesucristo en Mat. 12, 40, estableciendo al mismo tiempo la historicidad de Jonás, que algunos han querido mirar como simple parábola (cfr. 2, 1 ). San Jerónimo, empleando un juego de palabras, dice que “ Jonás, la hermosa paloma (yoná significa en hebreo paloma), fue en su naufragio figura profética de la muerte de Jesucristo. El movió a penitencia al mundo pagano de Nínive y le anunció la salud venidera”.

La nota característica de esta emocionante historia consiste en la concepción universalista del reino de Dios y en la anticipación del Evangelio de la misericordia del Padre celestial, “que es bueno con los desagradecidos y malos” (Luc. 6, 35). El caso de Jonás encierra así un vivo reproche, tanto para los que consideran el reino de Dios como una cosa reservada para ellos solos, cuanto para los que se escandalizan de que la divina bondad supere a lo que el hombre es capaz de concebir.

En cuanto a la personalidad de Jonás, para formarse de ella un concepto exacto ha de tenerse presente que Dios no se propone aquí ofrecernos un ejemplo de vida santa, ni de celo en la predicación, ni de sabiduría, como en Jeremías, Ezequiel o Daniel, sino, a la inversa, mostrarnos la lección de sus yerros. La labor profética de Jonás en ese libro se limita a un versículo (3, 4), donde anuncia y repite escuetamente que Nínive será destruida, sin exponer doctrina, ni formular siquiera un llamado a la conversión. Y en cuanto a la actuación y conducta personal del profeta, vemos que empieza con una desobediencia (1, 3) y que, no obstante la gran prueba que sufre y de la cual Dios lo salva (cap. 2, 9)  y el otro por falta de resignación. Lejos, pues, de proponérselo Dios como tipo de imitación; la enseñanza del libro consiste, al contrario,  en descubrirnos al desnudo las debilidades del profeta, como sucede hasta con San Pedro; lo cual es ciertamente un espejo precioso para que aprendamos a reconocer que las miserias nuestras no son menores que las de Jonás, y lo imitemos, eso sí, en la rectitud con que se declara culpable (1, 12) y en la confianza que manifiesta su hermosa plegaria del capítulo 2.

La Iglesia conmemora a Jonás el día 21 de septiembre. Su imagen se usaba ya en las catacumbas como figura de Cristo que fue “muerto y sepultado y al tercer día resucitó de entre los muertos”, y cuya resurrección es prenda de la nuestra. Jonás es también tipo de nuestro Salvador, en cuanto enviado, que desde Israel trajo la salvación a los gentiles (Luc. 2, 32) y representa de este modo la vocación apostólica del pueblo de Dios (Véase S. 95, 3).

 

MENSAJEROS DE DIOS  Mensajeros de Dios dadnos la Nueva: mensajeros de paz, sea paz nuestra.  Mensajeros de luz, sea luz nuestra; mensajeros de fe, sea fe nuestra.  Mensajeros del Rey, sea rey nuestro; mensajeros de amor, sea amor nuestro. Amén.

 

 

¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo? ¿La aflicción? ¿La angustia? ¿La persecución? ¿El hambre? ¿La desnudez? ¿El peligro? ¿La espada? En todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni creatura alguna, podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.

Rm.8, 35. 37-39

 

  • Luciano Gonzalez

    Locutor- Productor- Editor

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