San Esdras, santo del AT
Conmemoración de san Esdras, sacerdote y escriba, que, en tiempo de Artajerjes, rey de los persas, habiendo regresado desde Babilonia a Judea, congregó al pueblo que estaba disperso y puso gran empeño en estudiar, llevar a la práctica y enseñar la Ley del Señor en Israel.
La figura de Esdras se sitúa en el el centro de un momento clave de la historia de Israel: el regreso de la comunidad exiliada en Babilonia a repoblar y reorganizar Judá en torno a la Ley y al templo. Lamentablemente, no es posible, con los datos que aporta la Biblia, situar exactamente cuándo ocurrió eso. El libro de Esdras dice que fue «en tiempo de Artajerjes», sin embargo no es posible establecer con total certeza si se trata de Artajerjes I o Artajerjes II. Las hipótesis varían desede mediados del siglo V antes de Cristo hasta fines del siglo IV (la fecha de 398 para la obra de Esdras es muy aceptada en la actualidad, pero no decisiva).
Como sea que se interprete la difícil cronología, con Esdras toma su forma una nueva manera de entender la Alianza con el Dios de Israel, una nueva manera que a nosotros nos parece la más propia de israel, pero que en realidad aparece recién en esta época: la forma clásica del judaísmo, centrada en los límites nacionales y en el cumplimiento de la Ley, todo eso que popularmente referimos al «espíritu fariseo», porque es más bien relacionado con esta secta de la época de Jesús que lo conocemos.
Esdras fue un jefe religioso, sacerdote, que actuó como una especie de ministro de los asuntos persas en la comunidad judía (ver Esd 7), no olvidemos que la vuelta del destierro no provino de una «liberación nacional» sino sólo de un ventajoso trato por parte de la nueva potencia dominante del mundo, Persia. Esdras organizará la lectura pública de la Ley, y un acto penitencial colectivo (Esd 10) luego del cual se renovó la Alianza con Dios, con especial insistencia en el cumplimiento estricto del sábado y la prohibición total de matrimonios mixtos, punto que parece estar en el centro de las preocupaciones del predicador, divorciando, incluso, por decreto a todos aquellos que estuvieran casados con extranjeras (Esd 10,17), que serían, sin duda, muchos, puesto que venían de cincuenta años de vivir en el extranjero.
La tradición posterior atribuye a Esdras mismo la redacción final de lo que nosotros conocemos como Pentateuco, la Ley, o cinco primeros libros de la Biblia. Si materialmente fue así o no, no es algo que esté del todo claro; puede ser que Esdras trajera ya alguna redacción vigente y aceptada desde antes entre los desterrados. Es poco creíble que una redacción enteramente nueva tuviera la fuerza que adquirió la Ley como centro de la vida de este «pueblo del Libro» -lo que recién después del destierro llega a ser-, y por otra parte parece también difícil que con las ideas de Esdras, tan centradas en la claridad del cumplimiento literal, hubiera podido tener lugar la redacción de un Pentateuco donde se dan cita tantas tendencias religiosas distintas.
Sea cual sea su papel concreto en la redacción del Pentateuco, no puede obviarse que es con él y a partir de él que comienza a tomar forma esa etapa de la religión bíblica que vendrá a ser, con todas sus particularidades, el «judaísmo», en el seno del cual Dios quiso hacerse hombre.
Puede consultarse la introducción al libro de Esdras en cualquier Biblia actual, donde se encontrará tanto el resumen de la actuación del escriba, como los problemas de cronología aludidos aquí. Comentario Bibíblico San Jerónimo tiene, en su tomo V, una Historia de Israel que, sin llegar a profundizar demasiado en los temas, sintetiza muy bien lo que puede ser necesario tener de base para entender el difícil proceso de conversión de la religión bíblica en «judaísmo». Los Cuadernos Bíblicos de Verbo Divino dedican uno a Esdras y Nehemías, como siempre con un buen nivel de divulgación de los estudios bíblicos (Philipe Abadie, cuad. nº 95).
Beato Carlos Manuel Rodríguez Santiago, laico
En Caguas, ciudad de Puerto Rico, beato Carlos Manuel Rodríguez Santiago, que se consagró incansablemente en la renovación de la sagrada liturgia y a la difusión de la fe entre los jóvenes.
arlos Manuel Rodríguez nació en Caguas, Puerto Rico, el 22 de noviembre de 1918, hijo de Manuel Baudilio Rodríguez y Herminia Santiago, ambos de familias numerosas, sencillas y de gran arraigo cristiano. Fue bautizado en la Iglesia Dulce Nombre de Jesús en Caguas el 4 de mayo de 1919. Fue el segundo de cinco hermanos: dos hermanas se casaron, otra es religiosa Carmelita de Vedruna y su único hermano es sacerdote benedictino y primer Abad puertorriqueño.
Las primeras lecciones en la fe católica y las vivencias de esa fe las recibe y experimenta Carlos desde muy temprano en el seno de su propia familia. A los seis años comenzó su vida escolar en el Colegio Católico de Caguas, en donde permaneció hasta octavo grado. Allí conoció a las Hermanas de Notre Dame y cultivó una especial amistad con ellas durante toda su vida. Bajo la tutela de éstas y de los Padres Redentoristas, desarrolla su primera educación formal, humanística y religiosa; recibe a Cristo por vez primera en la Sagrada Eucaristía que marcaría un amor para siempre; se hace monaguillo y posiblemente siente el llamado inicial a una vida de entrega total a Cristo. Como monaguillo, empieza a degustar las riquezas de la fe a través de la sagrada liturgia.
Ya en la escuela superior, durante el segundo semestre de ese curso escolar empieza a notar los primeros síntomas de una enfermedad que sugería un trastorno gastrointestinal: colitis ulcerosa. Este habría de causarle muchísimos inconvenientes por el resto de su vida, y se iría agravando paulatinamente. Ello jamás llegó a doblegar su espíritu de entrega a Cristo y a Su Iglesia. Más tarde, renueva su contacto con las Hermanas de Notre Dame y los Padres Redentoristas, esta vez en la Academia Perpetuo Socorro en el sector Miramar de San Juan, donde cursa su tercer año de Escuela Superior (1934-35), pero su salud le impide continuar. Vuelve a Caguas, trabaja por algún tiempo y por fin termina ambos cursos, el comercial y el científico, en 1939.
Su salud le impide estudiar formalmente. Sin embargo los estudios jamás terminaron para él. Era un lector voraz, al quien todo le interesaba: las artes, las ciencias, filosofía, religión, música. Otro de sus grandes amores era la naturaleza. Desde niño acostumbraba pasar las vacaciones de verano en el campo. Solía ir con hermanos y primos de pasadía, al río o a la playa. Ya de adulto organizaba junto a sus hermanos, caminatas de un día al campo; ligero de equipaje, frugal el alimento, pero abundante el deseo de comulgar con la creación entera.
Carlos Manuel trabajó como oficinista en Caguas, Gurabo y en la Estación Experimental Agrícola, donde además traducía documentos. Empleaba casi todo su modesto salario en promover el conocimiento y el amor a Cristo, especialmente a través de la Sagrada Liturgia. Por eso, se afanaba en traducir artículos que leía sobre la materia y que él editaba para nutrir dos publicaciones a manera de folletos mimeografiados, Liturgia y Cultura Cristiana, tarea a la que dedicaba incontables horas de trabajo. Cada vez más convencido de que la liturgia es la vida de la Iglesia (a través de la oración, la proclamación de la Palabra, la Eucaristía y los misterios de Cristo), organiza en Caguas un «Círculo de Liturgia» junto al P. McWilliams y luego, en 1948, funda junto al P. McGlone el coro parroquial «Te Deum Laudamus».
En Río Piedras, donde sus hermanos Pepe y Haydée eran ya profesores de la Universidad de Puerto Rico, Carlos realiza su ardiente deseo de dar a conocer a Cristo entre profesores y estudiantes de ese centro docente. Al ampliarse el grupo de sus «discípulos» se mueve con ellos al Centro Universitario Católico, organiza otro Círculo de Liturgia (más tarde llamado Círculo de Cultura Cristiana). Continúa con sus publicaciones y organiza y da forma a sus célebres «Días de Vida Cristiana» junto con los universitarios a quienes desea que entiendan y gocen los tiempos litúrgicos. Participa en paneles sobre diversos temas, siendo él el portaestandarte de la vida litúrgica y el sentido pascual de la vida y la muerte en Cristo. Organizó grupos de discusión en varios pueblos y participó en la Cofradía de la Doctrina Cristiana. Otras organizaciones católicas en las cuales participó fueron la Sociedad del Santo Nombre y los Caballeros de Colón. Impartió catequesis a jóvenes de escuela superior, aportando él todo el material que mimeografiaba sin descanso para suplir las limitaciones económicas de sus jóvenes alumnos. Defendió y promovió con fervor extraordinario entre obispos, clero y seglares, la renovación litúrgica de la Iglesia a través de la participación activa de los fieles, el uso de la lengua vernácula y, muy especialmente, de la observancia de la Vigilia Pascual, felizmente restaurada por SS Pío XII. Todo ello, antes del Concilio Vaticano II.
Sus fuerzas físicas decaían, pero jamás su espíritu se doblegó. Vivía cada momento superando calladamente su dolor con el gozo profundo de quien se sabía resucitado. Minada finalmente su salud por la enfermedad que se diagnosticó como un cáncer terminal del recto, tras una larga operación en marzo de 1963, padeció una noche oscura, pensándose abandonado de Dios. Antes de morir, reencontró con emoción la Palabra que estuvo perdida, la que le había dado sentido a su vida. Su paso a la vida eterna fue el 13 de julio de 1963. Tenía 44 años. Fue beatificado por SS Juan Pablo II el 29 de abril del 2001.



