Evangelio del día: Viernes de la Primera semana de Cuaresma

Evangelio según San Mateo 5,20-26.

Jesús dijo a sus discípulos:
Les aseguro que si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos.
Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: No matarás, y el que mata, debe ser llevado ante el tribunal.
Pero yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal. Y todo aquel que lo insulta, merece ser castigado por el Sanedrín. Y el que lo maldice, merece la Gehena de fuego.
Por lo tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti,
deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
Trata de llegar en seguida a un acuerdo con tu adversario, mientras vas caminando con él, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al guardia, y te pongan preso.
Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.
 
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios. 
 

San Fulgencio de Ruspe (467-532)

obispo en África del Norte

Contra Fabien, 28 (Lectures chrétiennes pour notre temps, Abbaye d’Orval,1971), trad. sc©evangelizo.org

¡Pidamos la caridad del Señor al Espíritu Santo!

Si sabes en qué consiste la ofrenda del sacrificio, comprenderás por qué imploramos la venida del Espíritu Santo. Según el testimonio del apóstol Pablo, la ofrenda es hecha para que la muerte del Señor sea anunciada y reavive la memoria del que ha dado la vida por nosotros. Él Señor había dicho “No hay más grande amor que dar la vida por los amigos” (Jn 15,13). Ya que Cristo murió por nosotros por amor, que el amor nos sea dado con la venida del Espíritu Santo, cuando en la ofrenda hacemos memoria de su muerte. Suplicando, pedimos recibir el mismo amor que ha llevado a Cristo a dejarse crucificar por nosotros. Habiendo nosotros recibido la gracia del Espíritu Santo, que imitando a nuestro Señor podamos ser crucificados a lo mundano, para caminar en una vida nueva. Así, los fieles que aman a Dios y al prójimo, mismo si no beben el cáliz de una pasión corporal, beben el cáliz de la caridad del Señor. Bebemos el cáliz del Señor cuando guardamos su santa caridad. Sin ella, ni siquiera sirve de nada librar el cuerpo a las llamas (cf. 1 Cor 13,3). El don de la caridad nos confiere ser en verdad lo que celebramos místicamente en la ofrenda. (…) Por eso, pedimos que el Espíritu Santo venga a darnos la caridad.

  • Luciano Gonzalez

    Locutor- Productor- Editor

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