Evangelio del día: Tercer día después de la Epifanía del Señor

Evangelio según San Marcos 6,45-52.

Después que los cinco mil hombres se saciaron, en seguida, Jesús obligó a sus discípulos a que subieran a la barca y lo precedieran en la otra orilla, hacia Betsaida, mientras él despedía a la multitud.
Una vez que los despidió, se retiró a la montaña para orar.
Al caer la tarde, la barca estaba en medio del mar y él permanecía solo en tierra.
Al ver que remaban muy penosamente, porque tenían viento en contra, cerca de la madrugada fue hacia ellos caminando sobre el mar, e hizo como si pasara de largo.
Ellos, al verlo caminar sobre el mar, pensaron que era un fantasma y se pusieron a gritar,
porque todos lo habían visto y estaban sobresaltados. Pero él les habló enseguida y les dijo: «Tranquilícense, soy yo; no teman».
Luego subió a la barca con ellos y el viento se calmó. Así llegaron al colmo de su estupor,
porque no habían comprendido el milagro de los panes y su mente estaba enceguecida.
 
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios. 
 

Venerable Madeleine Delbrêl (1904-1964)

laica, misionera en la ciudad.

Nous autres, gens des rues (Lectures chrétiennes pour notre temps, Abbaye d’Orval, 1970), trad. sc©evangelizo.org

“Jesús estaba solo”

La revelación esencial del Evangelio es la presencia fundamental y profunda de Dios. Es un llamado a encontrar a Dios, y Dios se encuentra en la soledad. Puede parecer que esta soledad es rechazada a los que viven entre los hombres. Eso sería creer que precedemos a Dios en la soledad, pero es Dios el que nos espera. Encontrarlo es encontrar la verdadera soledad. Porque la verdadera soledad es espíritu y todas nuestras soledades humanas son camino hacia la perfecta soledad que da la fe. La verdadera soledad no es la ausencia de hombres sino la presencia de Dios. Poner la vida en faz de Dios, librar la vida a la inspiración de Dios, es saltar a una región en la que somos hechos solitarios. Es la altura la que hace la soledad de las montañas y no el lugar en la base, en la que estamos parados. Si la efusión de la presencia de Dios en nosotros es escuchada en el silencio y la soledad, esa presencia nos deja pacificados, radicalmente unidos a todos los hombres que están hechos con la misma tierra que nosotros. “Feliz el que recibe la Palabra de Dios y la guarda” (Lc 11,28). No hay soledad sin silencio. El silencio, que puede ser a veces callar, es siempre escuchar. Una abstención de ruido que estuviera carente de nuestra atención a la Palabra de Dios, no sería silencio. Una jornada llena de ruidos y plena de voces, puede convertirse en una jornada de silencio…, si para nosotros el ruido deviene un eco de la presencia de Dios.

  • Luciano Gonzalez

    Locutor- Productor- Editor

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