Evangelio según San Mateo 17,1-9.
Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.
De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.
Pedro dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo».
Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor.
Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: «Levántense, no tengan miedo».
Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo.
Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».
La revelación de la Gloria
Todos los ojos se cierren para no ser encandilados por tan grande, viva y brillante luz. Todos los labios se callen, para no opacar una belleza tan perfecta, al querer descubrirla. Todo espíritu se despoje y adore, para no ser oprimido por el peso inmenso de la gloria de la divina Sabiduría, al querer sondarla. Para adecuarse a nuestra debilidad, el Espíritu Santo nos ofrece esta idea en el Libro de la Sabiduría, compuesto para nosotros. La Sabiduría eterna “es exhalación del poder de Dios, una emanación pura de la gloria del Todopoderoso: por eso, nada manchado puede alcanzarla. Ella es el resplandor de la luz eterna, un espejo sin mancha de la actividad de Dios y una imagen de su bondad” (Sb 7,25-26). (…) El Padre ha puesto su predilección, en la eternidad y en el tiempo, en esa belleza soberana de la Sabiduría. Así lo aseguró expresamente el día de su bautismo y transfiguración “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección” (Mt 3,17; 17,5). La Sabiduría eterna, para aproximarse más a los hombres y testimoniarles más sensiblemente su amor, llegó a hacerse hombre, devenir niño, devenir pobre, morir por ellos en la cruz.





San Luis María Grignion de Monfort (1673-1716) predicador
fundador de comunidades religiosas