Evangelio según San Mateo 24,37-44.
Cuando venga el Hijo del hombre, sucederá como en tiempos de Noé.
En los días que precedieron al diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta que Noé entró en el arca;
y no sospechaban nada, hasta que llegó el diluvio y los arrastró a todos. Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre.
De dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro dejado.
De dos mujeres que estén moliendo, una será llevada y la otra dejada.
Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor.
Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, velaría y no dejaría perforar las paredes de su casa.
Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada.
“¡Dios mío, ven en mi auxilio. Señor, date prisa en socorrerme!” (Sal 69,2)
“¡Dios mío, ven en mi auxilio. Señor, date prisa en socorrerme!” (Sal 69,2). Este versículo debe ser nuestra oración constante: para ser liberados en la adversidad, para permanecer en la fecundidad y ser preservados del orgullo. ¡Qué esta oración sea constante en sus corazones! En el trabajo, en sus diferentes tareas, en viaje, no cesen de decir esta oración. Ya sea que estén comiendo o durmiendo, y en todo momento de la vida, medítenla. Esta meditación se convertirá en una oración de salvación, que no sólo los guardará contra los ataques del demonio, sino que los purificará de los vicios e impurezas terrestres. Entonces los elevará hasta la contemplación de cosas celestiales e invisibles, al ardor inefable de la oración, que pocos conocen por experiencia. Que el sueño les cierre los ojos sobre estas palabras y que a fuerza de repetirlas, tomen el hábito de repetirla mismo durmiendo. Que al despertar, esas palabras sean lo primero que se presenta a su espíritu, antes de otro pensamiento. Al levantarse, díganle a esas palabras, de rodillas, no alejarse nunca. Ustedes las meditarán “cuando estén en sus casas o caminando por los caminos” (Dt 6,7), durmiendo o velando. Las escribirán sobre sus labios, las gravarán en los muros de sus casas y en el santuario de su corazón. Así ellas los acompañarán como única máxima, como oración constante, cuando se prosternen para rezar y luego se levanten para seguir el ritmo ordinario de la vida. Sí, que el alma retenga incesantemente estas palabras, tanto que, a fuerza de repetirlas y meditar sin tregua, adquiera fuerza. Tendrá la firmeza para rechazar y enviar lejos de si a las riquezas y toda clase de pensamientos. De este modo, apegada a la pobreza de este humilde versículo, llegará por una suave pendiente a la bienaventuranza evangélica.








San Juan Casiano (c. 360-435)
fundador de la Abadía de Marsella