Evangelio según San Mateo 7,21.24-27.
«No son los que me dicen: ‘Señor, Señor’, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo.
Así, todo el que escucha las palabras que acabo de decir y las pone en práctica, puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa sobre roca.
Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero esta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca.
Al contrario, el que escucha mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre arena.
Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa: esta se derrumbó, y su ruina fue grande».
Entrar en el Reino haciendo la voluntad del Padre
Un día que Gertrudis rezaba [por la salud de la Madre] con el deseo de conocer en qué situación se encontraba, el Señor le respondió: “Con incomparable alegría he esperado este día para conducir a la soledad a la que he elegido, para hablarle en el corazón (cf. Os 2,16). No fui defraudado al haber esperado (cf. Sal77,30) ya que ella responde siempre según mi agrado y me obedece en todo, para mi gran alegría. (…) Estas palabras que el Señor dice a su elegida son una prueba y una preocupación para su corazón. La enferma piensa que ella es inútil, que pierde tiempo sin resultado, que otros trabajan para ella, sabiendo que el bien de la salud quizás nunca retornará. A todo responde de una forma conforme al agrado divino, guardando la paciencia en el corazón, deseando que la voluntad de Dios se cumpla perfectamente en ella. (…) El Señor agregó: “Mi elegida se somete a mí, para mi gran alegría, cuando ella no busca sustraerse a las incomodidades de la enfermedad. (…) Más pesa sobre ella la enfermedad y la fatiga, más ella me es dócil, aceptando pacientemente y con discreción, alivios y remedios necesarios a su cuerpo, para el agrado de mi buen Corazón. Esto es una piedra preciosa más a su corona, ya que a veces no hace esto sin penas. Sin embargo, que retome coraje, recordando que gracias a mi bondad y ternura “todo coopera al bien de los que aman” (cf. Rom 8,28).




Santa Gertrudis de Helfta (1256-1301)
monja benedictina