Evangelio según San Mateo 13,47-53.
Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve.
Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos,
para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.
¿Comprendieron todo esto?». «Sí», le respondieron.
Entonces agregó: «Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo».
Cuando Jesús terminó estas parábolas se alejó de allí.
La ascesis vigilante del justo
“Se me ha agotado el aliento” (Jb 17,1). El aliento se agota ante el temor del juicio. Más el alma de los elegidos se siente próxima del juicio supremo, más tiembla de espanto en su examen de conciencia. Si viene a descubrir en ella pensamientos carnales, se consume en el fuego de la penitencia. (…) El elegido considera su culpa aún más grave, cuando espera rigurosamente al juez, ya muy cercano. Por eso los elegidos creen que su fin está cercano. El alma de los reprobados se comporta con villanía, porque juzga tener largo tiempo para vivir en este mundo. Así, el soplo de los justos se apaga y el de los injustos se afirma. Al inflarse de orgullo, no percibe la disminución de su soplo. Considerando la brevedad de su vida, el justo se aleja de las faltas del orgullo y de impureza. Se explican estas palabras en adición: “Se han extinguido mis días, sólo me queda el sepulcro”. El que considera lo que será en la muerte, sólo actúa con temor. No estando ya vivo a sus propios ojos -por así decirlo- vive en la verdad, a los ojos del que lo ha formado. (…) En esta ascesis vigilante, el justo escapa a las trampas del pecado. Por eso, esta palabra de la Escritura “En todas tus acciones, acuérdate de tu fin y no pecarás jamás” (Ecli 7,36).








San Gregorio Magno (c. 540-604) papa y doctor de la Iglesia