Evangelio según San Juan 1,19-28.
El confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente: «Yo no soy el Mesías».
«¿Quién eres, entonces?», le preguntaron: «¿Eres Elías?». Juan dijo: «No». «¿Eres el Profeta?». «Tampoco», respondió.
Ellos insistieron: «¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?».
Y él les dijo: «Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías».
Algunos de los enviados eran fariseos,
y volvieron a preguntarle: «¿Por qué bautizas, entonces, si tu no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?».
Juan respondió: «Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen:
él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia».
Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba.
Querer la luz verdadera
La luz nos conduce de la mano, nos fortifica, nos enseña, se muestra, y huye cuando la necesitamos. No cuando queremos -eso pertenece a los perfectos- sino cuando estamos confundidos y completamente agotados que viene a nuestro auxilio. Aparece a lo lejos y me ofrece de resentirla en mi corazón. Grito con gran fuerza tanto la quiero tener, pero todo es noche y mis pobres manos están vacías. Olvido todo, me siento y lloro, desesperado por verla otra vez. Cuando lloré bastante y consentí a parar, ella viene misteriosamente y me toma. Entonces me fundo en lágrimas, sin saber que ella está ahí iluminando mi espíritu con una suave luz. Pero cuando la reconozco, se va rápidamente, dejando en mí el fuego de divino deseo. Poco a poco este se alumbra y atraído por la espera, deviene una gran llama que llega hasta los cielos, pero que puede apagarse por el relajamiento y preocupaciones por los asuntos e inquietudes de la vida.




Simeón el Nuevo Teólogo (c. 949-1022)
monje griego