Evangelio según San Lucas 17,7-10.
«Supongamos que uno de ustedes tiene un servidor para arar o cuidar el ganado. Cuando este regresa del campo, ¿acaso le dirá: ‘Ven pronto y siéntate a la mesa’?
¿No le dirá más bien: ‘Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después’?
¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó?
Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: ‘Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber’.»
¡Feliz el que pone en Dios el comienzo y fin de sus obras!
Sería mejor para ti, que te sintieras inútil y pecador y no que estuvieras en la tibieza… ya que si entendieras que eres pecador, te arrancarías a las malas acciones…. Pero eres como un viento tibio que no aporta humedad a los frutos no les da calor. Eres el que empieza y no termina, rozas el bien al inicio y no te alimentas de él al finalizar. Semejante a un viento que acaricia el rostro pero no nutre el interior. ¿Es mejor un ruido vano o una obra llevada a término?… Entonces, actúa en el silencio de la humildad y no te eleves con orgullo, ya que no contará para nada el que se esfuerza por obtener un orgullo de fuego lo que desprecia cumplir en el abandono del amor. Vanos y tontos, los que ponen en ellos mismos su confianza… Los que en su orgullo ponen en ellos mismos su confianza, desean parecer más sabios que sus padres y no quieren caminar según su alianza, sino que en su gran inestabilidad se dan a ellos mismo leyes según su capricho… Lo que puede parecer bueno a los hombres por un error de su espíritu, cuando no fijan intensamente su mirada en Dios y no son envueltos por el soplo del Espíritu Santo, eso irá a la muerte ya que surgió de la vana gloria. (…) Feliz el que teniendo confianza en mí, pone su esperanza y el comienzo y fin de sus obras en mí, no en él. No caerá.








Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179)
abadesa benedictina y doctora de la Iglesia