Evangelio según San Mateo 18,1-5.10.
En aquel momento los discípulos se acercaron a Jesús para preguntarle: «¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?».
Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos
y dijo: «Les aseguro que si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos.
Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el Reino de los Cielos.
El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo.
Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial.»
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.
Dios ha confiado nuestra alma a un príncipe de su corte celestial
Nuestra alma es tan noble, ornada con tantas bellas cualidades, que el buen Dios ha querido confiarla a un príncipe de la corte celestial. Nuestra alma es tan preciosa a los ojos de Dios, que en su sabiduría, el alimento que consideró digno de ella es su Cuerpo adorable, que desea sea su pan de cada día. Como bebida, es su Sangre preciosa que consideró digna para ella. Si, mis hermanos, tenemos un alma que Dios estima tanto, que aunque fuera única en el mundo, no sería mucho para él de morir por ella. Si Dios al crearla no hubiera creado el cielo, aunque hubiera sido única en el mundo, el buen Dios habría creado un cielo para ella sola. Oh cuerpo mío, ¡qué felicidad la suya de hospedar un alma ornada de tantas bellas cualidades! Dios, infinito como él es, hace de ella el objeto de sus delicias. Sí, hermanos míos, nuestra alma está destinada a pasar su eternidad en el seno del mismo Dios.







San Juan María Vianney (1786-1859)
presbítero, párroco de Ars