Evangelio del día: Décimo octavo domingo del Tiempo Ordinario

Evangelio según San Lucas 12,13-21.

En aquel tiempo:
Uno de la multitud le dijo: «Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia».
Jesús le respondió: «Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?».
Después les dijo: «Cuídense de toda avaricia, porque aún en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas».
Les dijo entonces una parábola: «Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho,
y se preguntaba a sí mismo: ‘¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha’.
Después pensó: ‘Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes,
y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida’.
Pero Dios le dijo: ‘Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?’.
Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios».
 
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios. 
 

San Gregorio Nacianceno (330-390) obispo y doctor de la Iglesia

El amor a los pobres, 24-36 (Lectures chrétiennes pour notre temps, Abbaye d’Orval, 1971), trad. sc©evangelizo.org

La igualdad originaria de la familia humana

Cuando los hombres acumulan oro o plata, vestimentas suntuosas e inútiles, diamantes y cosas semejantes, dan lugar a guerras, tiranías. Algunos de ellos son tomados por una loca arrogancia, cierran su corazón a las penas de sus hermanos y ni siquiera consienten en dar de su superfluo para que otros puedan vivir. ¡Qué aberración! No se dan cuenta que la pobreza y la riqueza -equivalentes de condición libre y condición servil- y otras categorías semejantes, cuando llegan a los hombres se despliegan como epidemias. Al mismo tiempo, se difunde el pecado que los engendró. Al comienzo (cf. Mt 19,8) no era así. Al comienzo, el Creador quiso al hombre libre y señor de sí mismo, sujeto a un solo mandamiento y rico de las delicias del Paraíso. Dios quería eso para todo el género humano, originado en el primer hombre. Libertad y riqueza dependían de un único mandamiento. Su violación entrenó a la verdadera pobreza y servidumbre. La envidia y las disputas aparecieron con la tiranía astuta de la serpiente que nos sedujo con el placer y levanta a los más atrevidos contra los más débiles. La familia humana se rasgó, en naciones extrañas unas para otras. La avaricia suplantó a la generosidad natural y se apoyó sobre la ley para dominar con fuerza. Pero tú, considera la igualdad originaria y no las divisiones ulteriores, la ley del Creador y no la de las criaturas. Ayuda a la naturaleza lo mejor que puedas, honora la libertad primera, respeta tu persona, protege del deshonor a la raza, socórrela en sus enfermedades, consuélala en su pobreza. Distínguete de los otros sólo por tu bondad. Deviene Dios para los desdichados, imitando la misericordia divina.

  • Luciano Gonzalez

    Locutor- Productor- Editor

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