Evangelio según San Marcos 7,14-23.
Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre.
¡Si alguien tiene oídos para oír, que oiga!».
Cuando se apartó de la multitud y entró en la casa, sus discípulos le preguntaron por el sentido de esa parábola.
El les dijo: «¿Ni siquiera ustedes son capaces de comprender? ¿No saben que nada de lo que entra de afuera en el hombre puede mancharlo,
porque eso no va al corazón sino al vientre, y después se elimina en lugares retirados?». Así Jesús declaraba que eran puros todos los alimentos.
Luego agregó: «Lo que sale del hombre es lo que lo hace impuro.
Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios,
los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino.
Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre».
El mal viene desde el corazón
El mal deliberado es fruto de la premeditación, pecamos sin dudas con premeditación. El profeta lo afirma claramente “¡Y eso que yo te había plantado con cepas escogidas, todas de simiente genuina! ¿Cómo entonces te has vuelto una planta degenerada, una viña bastarda?” (Jr 2,21). Buena planta, mal fruto : el mal viene de la premeditación. El que planta no es culpable, pero la viña será consumida por el fuego porque plantada para dar fruto, ella porta voluntariamente mal fruto. “Dios hizo recto al hombre, pero ellos se buscan muchas complicaciones” (Ecl 7,29). “Nosotros somos creación suya: fuimos creados en Cristo Jesús, a fin de realizar aquellas buenas obras, que Dios preparó de antemano para que las practicáramos” (Ef 2,10), dice el Apóstol. El Creador, que es bueno, creó en vista de buenas obras, mas la criatura por propia opción se tornó hacia el mal. Ya lo hemos dicho, el pecado es un mal terrible. Pero no es un mal sin remedio. Terrible para el que se fija en él, posible de sanar para el que se separa por la penitencia. (…) Pero decimos: ¿Qué es el pecado? ¿Un animal, un demonio? ¿Cuál es la fuente? No es un enemigo que ataca del exterior, sino una producción malvada que puede crecer desde ti. Mira con franqueza y no habrá concupiscencia. Cuida lo que te pertenece, no tomes lo que es de otros, y la avaricia caerá. Piensa al juicio, entonces ni la fornicación ni el adulterio ni el asesinato ni ninguna desobediencia habitará en ti. Pero cuando olvidas a Dios, te pones a pensar en el mal y a cometer la iniquidad.






San Cirilo de Jerusalén (313-350)
obispo de Jerusalén, doctor de la Iglesia