Evangelio según San Juan 3,13-17.
«Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo.
De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto,
para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.
Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.»
¡Proclamemos que Cristo fue crucificado por nosotros!
No sólo no tenemos que avergonzarnos de la muerte del Señor, nuestro Dios, sino más bien poner en ella toda nuestra confianza y orgullo. Recibiendo de nosotros la muerte que encontró en nosotros, nos prometió fielmente de darnos en él la vida que no podemos obtener de nosotros. El que no tiene pecado nos amó tanto que sufrió lo que los pecadores merecimos por nuestro pecado, ¿cómo no va a darnos justicia el que nos justifica? ¿Cómo no va a dar recompensa a los justos, él que es fiel a sus promesas y sin cometer mal, sufrió la pena que merecían los culpables? Sin temor alguno, proclamemos hermanos que Cristo fue crucificado por nosotros. Digámoslo llenos de alegría, sin vergüenza y cubiertos de gloria. Lo comprendió el apóstol Pablo e hizo de ello su título de gloria. Después de mencionar las numerosas y grandes gracias obtenidas de Cristo, no se gloría de esas maravillas, sino que exclamó: “Yo solo me gloriaré en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (Gal 6,14).








San Agustín (354-430)
obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia