Evangelio según San Juan 6,44-51.
Está escrito en el libro de los Profetas: Todos serán instruidos por Dios. Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí.
Nadie ha visto nunca al Padre, sino el que viene de Dios: sólo él ha visto al Padre.
Les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna.
Yo soy el pan de Vida.
Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron.
Pero este es el pan que desciende del cielo, para que aquel que lo coma no muera.
Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo».
« El que coma de este pan que baja del cielo, vivirá para siempre»
La Virgen María dio a luz a Jesucristo, lo calentó entre sus brazos, lo envolvió con pañales y lo rodeó de cuidados maternales. El cuerpo que ahora recibimos y la sangre redentora que bebemos en el sacramento del altar es este mismo Jesús. Esto es lo que tiene como verdadero la fe católica, y lo que la Iglesia enseña fielmente. ¡Ninguna lengua humana podrá glorificar suficientemente a aquella de quien tomó carne «el mediador entre Dios y los hombres»! (1 Tm 2,5). Ningún elogio humano tiene talla para estar a la medida de aquella cuyas entrañas purísimas han dado el fruto que es el alimento de nuestras almas; aquel que, dicho de otra manera, da testimonio de sí mismo con estas palabras: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre». Y, efectivamente, nosotros que fuimos echados del paraíso de delicias a causa de un alimento, es también por un alimento que encontramos de nuevo los gozos del paraíso. Eva tomó un alimento, y nosotros hemos sido condenados un ayuno eterno; María nos ha dado un alimento, y nos ha sido abierta la entrada al festín del cielo.



San Pedro Damián (1007-1072)
benedictino, obispo de Ostia, doctor de la Iglesia