San Salvio de Albi, monje y obispo
En Albi, de Aquitania, san Salvio, obispo, que, procedente de la vida claustral, fue promovido a la sede a su pesar y, al declararse una fuerte epidemia, como buen pastor no quiso ausentarse de su ciudad.
Salvio pertenecía a una familia de la ciudad francesa de Albi. Fue doctor en derecho y también magistrado; pero su amor por el retiro y su deseo por verse libre de distracciones le indujeron a ingresar como monje en un convento, del que llegó a ser abad por elección de sus hermanos. Vivía retirado en una celda construida a cierta distancia del monasterio. Allí le atacó repentinamente una violenta fiebre que lo dejó inconsciente y muerto en opinión de todos los que acudieron a verle; a decir verdad, el propio santo estaba seguro de que había muerto y sostenía que el cielo le había permitido esa experiencia para devolverle después a la vida. Como quiera que haya sido, Salvio estaba vivo en el año 574, cuando fue sacado de su retiro para que ocupase la sede de Albi.
En su puesto de obispo llevó la misma existencia austera de siempre. Cualquier cantidad de dinero o de provisiones que le caía en la mano, era distribuída entre los pobres. Cuando el patricio Momolo pasó por Albi conduciendo a gran número de prisioneros, san Salvio lo siguió hasta rescatar al último de los cautivos. Chilperico, el rey de Soissons que se las daba de teólogo, hizo un tratado muy poco ortodoxo, y san Salvio junto con su amigo san Gregorio de Tours discutieron con el monarca y consiguieron devolverle a la ortodoxia. En el año 584, una epidemia causó estragos entre los fieles de su sede, y fue en vano que sus subordinados y amigos le recomendaran cuidados y precauciones, porque el obispo, inflamado por la caridad, infatigable y abnegado, iba por todas partes donde creía que era necesaria su presencia. Visitaba a los enfermos, los consolaba y los exhortaba a prepararse para llegar a la eternidad. No tardó en contagiarse y, al saber que su hora estaba próxima, mandó traer su ataúd, se vistió con ropas humildes y, así, se dispuso a comparecer delante de Dios. Murió el 10 de septiembre de 584.
San Nemesio, mártir
En Alejandría de Egipto, san Nemesio, mártir, que, acusado falsamente de ladrón, fue llevado a juicio y absuelto por el juez, pero después, en la persecución desencadenada bajo el emperador Decio, fue acusado de nuevo ante el juez Emiliano de profesar la religión cristiana, motivo por el cual le atormentaron con reiterados suplicios y, después, fue quemado junto a unos ladrones, a semejanza del Salvador, que sufrió la cruz entre ellos.
Y un tal Nemesio, egipcio también, fue acusado falsamente de vivir con ladrones, y cuando había logrado deshacer tan absurda calumnia ante el centurión, fue denunciado por cristiano y vino encadenado ante el gobernador. Éste, injusto por demás, lo maltrató con tormentos y azotes en doble dosis que a los bandidos, y entre bandidos hizo quemar al bienaventurado, que así se veía honrado con el ejemplo de Cristo.
Esto narra san Dionisio de Alejandría en una carta a Fabio de Antioquía, reportándole detalles de las crueles persecuciones bajo Decio. Junto a la mención de Nemesio las hay de muchos otros, que se conmemoran en distintas fechas en el Martirologio, por ejemplo el 14 de diciembre, los santos mártires Herón, Isidoro, Ateo y Dióscoro. Aunque carezcamos de más detalles de sus vidas, y apenas sobrevivan su nombre y el hecho del martirio, son estos campeones antiguos los que han hecho vida las palabras de la fe: si el grano cae en tierra y mnuere, da mucho fruto.






