Dos pesadas lágrimas

Dos pesadas lágrimas

Dos pesadas lágrimas. 

Por Humberto Fernández 

                                                               

Una de esas experiencias digna de contar.

Hace varios días he recibido el pedido de oración por parte de unos oyentes de un programa que realizo a través de las redes sociales cada noche, la persona enferma era el padre de una oyente para ser especifico, siempre trato de acudir a las personas que me solicitan, a pesar del poco tiempo que tengo por todos los compromisos que he asumido, pero bueno, aunque mucha gente no comprende que uno tenga muchas cosas, mi relación es con Dios y trato de agradarlo a Él.

Anoche recibí una llamada del esposo de esa oyente, que también es oyente del programa, gracias a Dios y a ella, me comunicó que el papá de la oyente (El enfermo por el que me pedían oración) estaba muy mal, había empeorado. La llamada era un grito de auxilio en medio de la desesperación, querían que su pariente recibiese la extrema unción (Sacramento de la Unción de Enfermos que confiere al cristiano una gracia especial para enfrentar las dificultades propias de una enfermedad grave o vejez) rápidamente me dispuse a llamar a algunos sacerdotes amigos para ver su disposición, hasta un diácono llamé, pero para esa noche no pude conseguir uno que estuviera disponible, todos con razones válidas.

Le dije a la familia que esperáramos hasta el día siguiente para continuar haciendo gestiones de conseguir al consagrado, fue así como para la mañana sucesiva por la gracia de Dios, en vez de uno, llegaron dos al mismo tiempo, finalmente el enfermo había recibido la unción y la familia, aunque abrumada por la condición de salud de su pariente, pero con un poco más de paz al conseguir lo que esperaban para su familiar.

Me había comprometido con los familiares en ir hasta el centro de salud donde se encontraba el enfermo, fue así cuando al salir del trabajo, me dirigí a una diligencia obligatoria y posteriormente salí hacia mí destino esperado, el centro de salud donde se encontraba el aquejado.

Debo hacer un paréntesis para precisar que eran personas no conocidas físicamente por mí, ellos ya me habían visto a través del programa que hago en Facebook, pero yo a ellos no los conocía, aun así, el recibimiento fue como si se tratara de familiares, que al verme se alegraron tanto, que la sala de espera en el área de intensivos por unos minutos se convirtió en una sala de despedida portuaria, muchos abrazos, muchas gracias a Dios por el encuentro, etcétera.

Rápidamente pregunte por el enfermo, me dijeron que estaba en condiciones críticas, pero que los médicos habían decidido desconectarlo para entregárselo puesto que, las esperanzas de vida eran mínimas, así tendrían tiempo de llevarlo a su casa y verlo morir en su hogar, eran las 3:00 de la tarde cuando llegué, la visita iniciaba a las 4:00 de la tarde, los familiares me preguntaron ¿si debía marcharme?, les dije que no, que podía esperar hasta la hora de visitas, pero en realidad si tenía que irme, solo hice caso al corazón que me dejaba sentir, quédate con ellos un rato más.

Mientras esperábamos que el tiempo pasara hubo tiempo hasta para una foto, en familia y de manera especial con la hermana que me había contactado, fue un momento muy agradable, también anime a la familia a saber soportar el dolor en medio de la prueba que estaban viviendo y sobre todo a prepararse para las cosas que podían venir posteriormente (proceso de dolor al ver morir un ser querido) hablamos un rato, conocí las seis hijas de la familia y los esposos de dos de ellas, también a la señora de la casa, esposa del enfermo.

1 Corintios 14:33

Pues no quiere Dios el desorden, sino la paz.

Luego de compartir un rato, salió la enfermera de la unidad de cuidados intensivos, pidió a los presentes abandonar la sala por unos 15 minutos, pues algo se había presentado y la hora se visita se retrasaría, al momento de comunicarlo, pidió que los familiares del enfermo que nos ocupa (porque estaban presentes otros enfermos y parientes allí)  se quedaran, por fortuna ya habíamos pedido a la esposa del enfermo que se fuera a otra sala a sentar.

La enfermera de turno anunció a los familiares la partida a la casa del Señor de su pariente, muy rápido empezaron los llantos, estaban presente cuatro hijas en el momento, la noticia de que su papá había muerto las dejo frías, de hecho a mí me conmovió aunque no tenía ni dos horas de conocerles, rápido atiné a ofrecerles palabras de aliento y sobre todo a velar por la estabilidad de todos, pensando en la salud de la madre de las seis hijas y esposa del fallecido, pronto las hijas decidieron que fuera yo quien le diera la noticia a la mujer, que ya se mostraba cansada y enferma por los días de angustia que llevaba viendo a su pareja padecer en el centro de salud.

Tuve que armarme de valor, porque, aunque no eran parientes míos, la fuerza que nos unió nos hace serlos. Fui con la señora y dos de sus hijas hasta la otra sala, con sutileza le serví la nefasta información, al tiempo que debí consolarla y recordarle todas las cosas buenas que habían realizado por él.

 

Fue un momento fuerte, ver aquella familia desesperados e impactados llorando ante la noticia, seguido la enfermera nos invitó a pasar a la habitación donde yacía el cuerpo, que más que muerto parecía dormido, por unos tres minutos, fue inconsolable el momento, los deje llorar y luego procedí a pedirles que oráramos por su pariente fallecido.

 

 Y, porque consideró que aquellos que se han dormido en Dios tienen gran gracia en ellos. Es, por lo tanto, un pensamiento sagrado y saludable orar por los muertos, que ellos pueden ser librados de los pecados" (2 Mac. 12,43-46).

 

La oración como canal de comunicación con Dios trajo un poco de quietud, cada uno pidió al Señor que llevara consigo al fallecido hermano, salimos para que los demás pudieran entrar y hacer lo propio para el momento, algunas orientaciones no estuvieron de más allí, llenar los documentos para el acta de defunción, ir a la casa, hacer los tramites funerarios etc.

En todo momento tuve que aguantarme las lágrimas, pues el contagio social era muy fuerte, creo que a todos nos ha pasado ese momento que lloramos a alguien, aunque no sea pariente, solo con el hecho de ver a los demás bajo llanto, para mí fue difícil porque estaba allí para dar fortaleza a la familia, no para llorar, me quedé con ellos hasta llevarlos al parqueo donde estaba el vehículo que los transportaría, los despedí, aún en ese momento seguía brindando palabras de aliento.

Cuando me despedí de ellos, entre a mi vehículo, pensé que lograría continuar reprimiendo ese sentimiento de no llorar, pero ya encerrado en mi carro, no aguante y DOS PESADAS LAGRIMAS salieron de mis ojos, quizás las más pesadas que haya recordado en mi vida, pero eran necesarias, solo cuando cayeron sentí alivio en mi alma.

 

«Si un día el dolor llama a tu puerta no se la cierres ni se la obstruyas: ábresela de par en par, siéntalo en el sitial del huésped escogido, y sobre todo no grites ni te lamentes, porque tus gritos impedirían oír sus palabras, y el dolor siempre tiene algo que decirnos, siempre trae consigo un mensaje y una revelación» (Salvaneschi, Consolación).

 

Hoy me visualicé en esa familia, compartí su dolor, sus penas y el impacto ante la noticia de que su papá en caso de los hijos y el esposo para la señora había fallecido, no dejé de preguntarme una y otra vez ¿estaré preparado para un momento similar? ¿Cuántas familias pasaran por esto a diario? Muchas fueron las preguntas que me surgieron en aquel amargo momento, al final de la experiencia solo puedo decir que “Mis dos pesadas lágrimas” serán recordadas en mí como una experiencia más de las tantas que Dios me ha regalado para que entienda que, donde quiera que me mueva irá conmigo sin soltarme jamás, pido al Señor fortaleza y la paz para esa familia.

 

Este es el deber de nuestra generación al entrar en el siglo XXI: la solidaridad con los débiles, los perseguidos, los abandonados, los enfermos y los desesperados. Esto expresado por el deseo de dar un sentido noble y humanizador a una comunidad en la que todos los miembros se definan a sí mismos, no por su propia identidad, sino por la de los demás. (Elie Wiesel)

 

Humberto Fernández

22 de noviembre de 2017